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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
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Los Jesuitas : Amados y odiados en la Iglesia

Arriba busto de Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas

El siglo XVI no cabe duda que ha sido clave en el desarrollo del cristianismo y el renacer del trigo ahogado, al mismo tiempo se ha convertido en uno de los siglos más prolíficos en cuanto al resurgir de movimientos cristianos, muchos más que en todo el periodo desde el siglo II al IV, que además en su mayoría acabaron asfixiados por el oscurantismo alto-mediaval; los movimientos cristianos surgidos en el XVI, han sido mas estables y duraderos que los de los siglos XII y XIII, que fueron aplastados brutalmente por la represión inquisitorial. En este siglo XVI, hemos visto el resurgir de muchas doctrinas escondidas que el cristianismo guardaba en sus escrituras, pero que gran cantidad de capas filosóficas y tradiciones arcaicas cubrían casi por completo. Este crisol de enseñanzas, doctrinas y formas de ver el cristianismo, no encontraron la resistencia que en otras épocas tuvieron, o siempre lograron encontrar salida a las represiones que en otros tiempos no la tuvieron.
La Iglesia Católica parecía no poder luchar contra tal embestida y sus métodos represores no le estaban dando el resultado de antaño. Pero surgiría de pronto un movimiento revulsivo que significó recuperar el poder perdido, no solo en Europa, sino en gran parte del mundo. En gran parte esa posición de dominio mundial vendría dada por un pequeño grupo de iluminados al principio poco preparados intelectual y doctrinalmente hablando, pero que en poco tiempo se convirtieron en los maestros de la ortodoxia católica y cuyo propósito parecía revivir la época en que la Iglesia se abría camino en un evangelismo renaciente.
El movimiento en cuestión era un pequeño pero consolidado grupo de amigos, liderado por un excombatiente del ejercito castellano en las guerras contra la rebelión Navarra. Se trata de Ignacio de Loyola o como se llamaba de origen Iñigo de Loyola. Nacido en Azpeitia el 24 de octubre de 1491, Loyola quedo huérfano de madre y fue adoptado por un amigo de la familia, con quien se crió. Recibió por deseos de su padre una educación militar, aunque en sus ratos libres gustaba la lectura, sobre todo de libros de caballería.
Pero fue su paso por la guerra lo que le hizo cambiar por completo su vida, siendo herido en una de las batallas, este incidente le hizo pasar por un largo periodo de recuperación en su casa. Como buen lector dedicó gran parte de su tiempo a los libros. Entre libros de caballería y otro tipo de novelas de guerra, leyó también otros títulos mas espirituales, entre otros La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y el Flos Sanctorum, de Alonso de Villegas, que de alguna manera le marcarían a partir de entonces.
EL Flos Sanctorum era un libro sobre vida y hazañas de los santos de la Iglesia, y tal como los libros de aventuras caballerescas la habían fascinado en su juventud, ahora veía en la vida de los santos motivo suficiente para sentir una inspiración, pero ahora espiritual. De alguna manera quería imitar las vidas de estos tal como allí se narraban, unido también a un odio hacía las herejías, contra las que se dispuso a luchar pero con las armas de la palabra y no como hasta ese momento se hacía.
Decidió ingresar en la orden de los dominicos y para ello se va a Manresa y es invitado a permanecer con ellos. Aquella tranquilidad, tan alejada de su anterior vida en el ejercito, le hizo meditar y convertirse casi en un asceta, durante varios meses apenas comía y se aislaba, viviendo solo en una cueva cercana, hasta el grado de afectar a su salud. Para ese tiempo asegura haber tenido visiones o apariciones de la virgen, posiblemente debidas en parte a su estado físico y mental.
Esto le lleva a escribir para esa época los tan conocidos "Ejercicios Espirituales", un libro de meditaciones y oraciones para cultivar la mente y limpiarla de malos pensamientos, según el mismo Loyola explica en su prefacio : Por este nombre se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de razonar, de contemplar; todo modo de preparar y disponer el alma, para quitar todas las afecciones desordenadas (apegos, egoísmos, ...) con el fin de buscar y hallar la voluntad divina.
En 1523, tras su etapa asceta decide cambiar y hacerse alguien mas activo y no simplemente un místico aislado en si mismo. Inicia un peregrinar a Roma y Jerusalén, acompañado de algunos amigos, lo que ve allí, le hace ver que el mundo no se acaba en Europa y como su iglesia había perdido el sentido de la evangelización. A su vuelta, decidió ingresar en la universidad, animado por Isabel Roser, una dama catalana, joven viuda, pero con una vida muy independiente y activa, que vio en Ignacio a un idealista al que solo le faltaba un poco de preparación académica.
Estudia Latín en Alcalá de Henares y sintiéndose preparado, viaja a Salamanca, donde empieza a postular y predicar sobre sus Ejercicios Espirituales, lo cual le trae problemas, pues debido al férreo control religioso de la época y el lugar, España, un país en el que si a un laico se le encontraba hablando de religión a otros, aunque fuera la católica, era acusado de herejía.
El mismo Loyola, estuvo unos días en prisión, y puesto que si reincidía y era descubierto hablando de su libro a otros podía ser condenado a algo más, decide irse a París, un lugar según pensaba, mas tolerante.
Allí, estudia en el celebre Colegio de Montaigu, donde años atrás había estudiado Erasmo y aparte de coincidir con Calvino en su época de estudiante, aunque no hay constancia de que mantuviesen contacto, pero no deja de ser curioso que ambos se conviertan con el tiempo, cada uno en su perspectiva, en líderes defensores de sus ideas. En París conoce a los que formarían el núcleo de su futura orden, Francisco Javier, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Nicolás Bobadilla y Simón Rodrigues, convirtiéndose en sus inseparables colaboradores, a los que convenció con su ejercicios espirituales.
Años después, en 1534 el mismo año en que moría Erasmo y nacía Fausto Socino, Ignacio y los suyos, hacen un pacto y un voto de renunciar a sus riquezas y consagrarse en una nueva orden, a la que llamaron "Sociedad de Jesús", cuyo fin sería llevar el mensaje católico hasta la parte mas distante de la tierra y defender al papa y su iglesia frente al protestantismo y las herejías crecientes. A la vez, Ignacio continúa con sus intentos para publicar sus "Ejercicios espirituales", buscando fondos en Flandes e Inglaterra para sufragar los gastos de impresión.
En 1537, el grupo decide viajar a Roma para entrevistarse con Paulo III y pedir la autorización papal a la nueva orden, en ese viaje tuvo otra de sus experiencias místicas, mientras realizaba uno de sus ejercicios espirituales. Al parecer según cuenta el mismo en sus memorias, vio a Dios, encomendándole a unirse a su hijo en su labor, a quien por cierto ve por separado, como alguien distinto al padre. Este pasaje fue más tarde adaptado en otro texto biográfico por Diego Lainez, para hacerlo mas acorde a la doctrina trinitaria, atribuyendo a la voz un tono plural. En cualquier caso, sea cierta o no la visión o sueño de Loyola, el sintió que tenía una llamada a la obra y aquello fue el impulso final.
El papa por fin se decantó a favor de la formación de la orden, al principio con ciertos reparos, limitando el numero de miembros a sesenta, para posteriormente en 1540, dar la libertad de movimiento y cantidad. En 1548 por fin Ignacio cumplió otro de sus sueños, ver publicado su libro, pero no sin ciertas suspicacias, pues de nuevo se vio ante la inquisición, hubo quienes lo catalogaron de excesivamente místico. Pero teniendo el visto bueno del papa, el texto salió adelante y se hizo muy popular. Para 1554 escribió las Constituciones Jesuitas, por lo que la orden llegó a ser conocida como los jesuitas, aunque oficialmente fuese Compañía de Jesús.
En realidad Ignacio no buscaba hacerse un nombre importante o de peso en la iglesia, de hecho incluso tan temprano como en 1551, pidió ser sustituido como superior general de la orden. Ciertos problemas de unidad entre algunos miembros fundadores, como el portugués Simón Rodrigues, quien comparte puntos de vista con otros miembros como Andrés de Oviedo desde Gandía, por otro lado, un tal Francisco de Borja, quienes buscaban una reforma religiosa al estilo de Jerónimo Savoranola, añadiendo toques de misticismo y don de profecía. Llevaron los ejercicios espirituales de Loyola un poco más lejos de lo que el pretendía, incluso buscaban el aislamiento total, como si de una orden eremita se tratase. Aquello no gustó a Ignacio, pues el pretendía una orden más activa, que defendiera a la Iglesia de forma práctica y no pasiva, por ello respondió enérgicamente cortando toda opción de desviación de lo que era su propósito.
Los mismo ocurría con su amiga Isabel Roser, quien quería fundar una orden paralela de mujeres. Así con un propósito similar al de los jesuitas, llegó a Roma, acompañada de otras dos compañeras para solicitar al papa permiso para la fundación de la orden femenina de los Jesuitas.
Pero se topó con la oposición de Ignacio, quien pidió a Paulo III que descartara para siempre cualquier proyecto de fundación de una rama femenina modelada a imagen de la Compañía de Jesús. Ignacio no veía bien que las mujeres pudiesen dedicarse a la enseñanza, en aquellos tiempos todavía quedaba lejos para las mujeres ciertas profesiones como el de maestras y mucho menos predicadoras. El anhelo de su antes amiga y fiel apoyadora, no se vio por tanto traducido en una orden femenina más activa, cosa que esta echó en cara al propio Loyola.
De alguna manera había ciertas ideas misóginas por parte de Loyola, según algunos historiadores, este rechazo y alejamiento a lo femenino, se debía en parte a ciertos problemas que tuvieron durante algún tiempo cuando varios sacerdotes jesuitas tuvieron relaciones con algunas de las feligresas a quienes confesaban o ayudaban. Al parecer todo se debía a cierta costumbre de que ciertas señoras, solteras o casadas invitaban a los sacerdotes jesuitas a sus casas para confesarlas, en muchas ocasiones aquello llegaba a actuaciones poco decorosas para la orden, pues surgieron embarazos entre las alumnas y pupilas de varios importantes jesuitas. Los casos de estas "devotas" terminaron por poner guardia a los jesuitas contra las mujeres. El fundador recomienda siempre la "reserva", en el trato con las mujeres. Sugiere a los confesores "despachar rápidamente a estas, sobre todo si son devotas", algunos incluso sugirieron la propuesta de que ningún sacerdote de menos de treinta y seis años pudiera confesarlas, cosa que no se llevó a la practica.
El único contacto con mujeres fue cuando en Roma, Ignacio funda una casa para arrepentidas y otra para la educación de hijos sin padre. Sorprendentemente algunos de esos padres habían sido los propios jesuitas que la dirigían. Aquello puso en alerta a Ignacio y por ello ese rechazo a mezclar entre la orden a hombres y mujeres.
La compañía de Jesús, llegó a ser la primera orden en la Iglesia que se ofreció a sí misma al papa para cualquier trabajo especial que él tuviera en mente. También, los votos de los jesuitas no solo incluyen los de pobreza y castidad, sino que se dio énfasis especial en los votos de obediencia al papa. Los jesuitas tendrían que ir a todo el mundo y adaptarse a toda clase de trabajos sin sentirse restringidos a los 'deberes sacerdotales.' Para facilitar su adaptación a las diversas condiciones, en muchas ocasiones abandonaron el uso del ropaje distintivo como los que usan los monjes y los frailes de otras órdenes. Con el tiempo se halló a los jesuitas en el comercio, las artes, en la obra social y en muchas otras ocupaciones.
Pronto se vería en la práctica, el sentido de esta nueva orden, si bien los dominicos, habían servido para defender con la acción a la Iglesia por medio de la Orden Inquisitorial de la que la eran mayoría, los Jesuitas querían ser los nuevos evangelizadores del catolicismo en el mundo. Su primera asignación importante en este sentido fue en el concilio de Trento, donde jugaron un papel clave en las decisiones allí tomadas, sobre todo en lo que a defensa a ultranza del poder papal, que era una de sus consignas. Pero también en su lucha contra el protestantismo, pues al parecer con su predicación, fueron ganando terrenos antes perdidos. reconquistando para el catolicismo regiones con mayoría protestantes como Baviera en el sur de Alemania, Renania del Norte-Westfalia, Renania-Palatinado y Sarre; el oeste de Polonia, Hungría, Austria, Bélgica y el sur de Holanda, también volvieron a ser zonas católicas a costa de los pacíficos anabaptistas, así como unitarios y arminianos, quienes fueron expulsados violentamente de sus ciudades, por la influencia de los jesuitas.
Pese a la muerte de su líder, en 1556, la orden cobra cada vez mas importancia, y crece como ninguna de las antes formadas, pasa ya a a miles de miembros en pocos años. Y traspasa las fronteras europeas, fundando misiones en América, Asia y África, aprovechando la era expansionista de las potencias Europeas, sobre todo España y Portugal, sobre esto se tratará en próximos capítulos.
En cuanto a la orden en sí, tuvo sus mas y sus menos, pues si bien fue creciendo en miembros y en poder, llegó a tener dificultades y muchos enemigos, no solo externos, sino dentro de la misma iglesia, en algunos casos porque estos quisieron postularse como los nuevos maestros de la teología. Surgieron disputas con los dominicos a raíz de una obra publicada en 1588 por el jesuita Luis de Molina, obra que se titulaba Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis, divina praescientia, providentia, praedestinatione et reprobatione. Con ese largo titulo, quería ofrecer una explicación definitiva sobre la libertad humana, la gracia divina y la omnisciencia de Dios.
Por ese tiempo había surgido entre los jesuitas y los dominicos, la polémica llamada De Auxiliis, relacionada con el libre albedrío. Esta polémica surge al confrontar el poder de Dios con la libertad humana. Por un lado, parece que Dios no puede determinar al hombre en sus actos, pues, de lo contrario, la justicia y bondad divinas se verían comprometidas. Es decir, si el hombre no es libre, tampoco es responsable, y Dios no sería entonces justo en sus castigos y recompensas. Pero, por otro lado, parece que Dios, como ser absoluto, infinito y omnipotente, no puede tener límite en su voluntad y puede saber, conocer y prever quien es salvo y quien no. Los molinistas, que así llamaron a los apoyadores de Molina acentuarían el primer aspecto, mientras que los dominicos el segundo.
Controversia en la universidad de Lovaina, entre jesuitas y jansenistas. ->


En realidad no había una diferencia muy grande con respecto al pensamiento tradicional sobre la gracia y la justificación, ya en el concilio de Cartago del 418, en el que se condenó el pelagianismo, allí se expuso lo siguiente : Quienquiera que dijere que la gracia de Dios, por la que el hombre es justificado por medio de Jesucristo nuestro Señor, vale solo para la remisión de los pecados que ya han sido cometidos, pero no como auxilio, para que no se cometan, sea anatema (Concilio de Trento, Canon III). Frente al pelagianismo que afirmaba que el libre albedrío que Dios da a sus criaturas impide que la Gracia de Dios haga que alguien deje de pecar, allí se afirmó tal como defendía Agustín de Hipona, que esta gracia, también servía para por medio del bautismo y los sacramentos al recibirla impedía pecar. Los protestantes fueron más allá de Agustín al afirmar que solo con la fe, Dios no solo limpiaba los pecados de antes, sino justificaba a la persona y la convertía en justa sin más. Los calvinistas añadieron a esto el hecho de que era Dios quien determinaba a los que recibirían esto y los que no, sin ninguna libertad para el individuo.
Sobre este asunto Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales dice: "No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre; mas si en alguna manera y algunas veces se hablare, así hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como a veces suele hacer diciendo: si tengo que ser salvo o condenado, ya está determinado, y por mi bien hacer o mal no puede ser ya otra cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánimas" (Ejercicios Espirituales, regla 15A)
Para Ignacio de Loyola, era incompatible con la búsqueda de Dios, el hecho de que este sea predeterminado a ser bueno o malo, había cierta voluntad humana necesaria para ello.
Sin embargo El objetivo que persigue Molina en su Concordia era conciliar la omnipotencia y omnisciencia de Dios con la libertad humana. Hasta ese tiempo se entendía que había dos ciencias o poderes divinos que hacía posible que Dios pudiera saber o conocer el futuro de un individuo sin predestinarlo.
Se hablaba de la ciencia de simple inteligencia, que es ciencia de esencias, y antecede a todo acto libre de la voluntad divina. Con ella Dios conoce todo objeto necesario o posible independientemente de su existencia. Dios conoce así todo aquello que la potencia divina puede realizar.
Luego está la ciencia de visión, o ciencia libre, es posterior al acto libre de la voluntad divina, y se ocupa de todo objeto que posee ser en algún momento del tiempo, ya sea pasado, presente o futuro. Mientras que la ciencia de simple inteligencia es ciencia de esencias, la ciencia de visión es ciencia de existencias. Con la ciencia de visión Dios conoce las conexiones contingentes de las cosas creadas.
A estas dos ciencias Molina añadirá la ciencia media. A través de esta ciencia Dios ve en su esencia cómo obraría cualquier agente libre en cualquiera de los infinitos órdenes de cosas y circunstancias en la que la voluntad divina lo colocase. Es la ciencia de los futuros condicionados, es decir, de los futuros que no son absolutos ni meramente posibles, sino que dependen de alguna condición.
Esta ciencia media es el fundamento de todo el pensamiento molinista, ya que permitiría conciliar la omnipotencia y omnisciencia divinas con la libertad humana: Dios, después de ver con ciencia media cómo obraría el hombre libre puesto en un estado de cosas o en otro, decide colocarlo en un orden de circunstancias determinado. Gracias a la ciencia media, Dios conoce cómo obraría cualquier hombre puesto en un orden de circunstancias. A la luz de esta ciencia, Dios decide poner al hombre en un estado de cosas o en otro, siendo el propio hombre quien, en virtud de su libertad, obra. Por ello los decretos divinos sólo pueden ser darse después de saber cómo va a obrar el hombre y cuáles van a ser sus méritos, entonces es cuando Dios decide otorgar su decreto. (Concordia liberii, Luis de Molina)
Es como saber el camino que tomará hoja de un árbol en un río, al darse tantas circunstancias sería muy difícil, aunque no imposible, pues aplicando adecuadamente los parametros de las leyes físicas sería posible, pero a la vez incalculable para cualquier humano, por la cantidad de posibilidades y variantes, pero no para Dios.
El enfrentamiento entre los jesuitas defensores de estas ideas y los dominicos, produjo una controversia, que ni la inquisición, ni el propio papa pudieron resolver. En un principio, Clemente VIII se mostró reticente a la condena de la Concordia y trató que dominicos y jesuitas se pusiesen de acuerdo, y mandó a ambos grupos a mantener conversaciones privadas al respecto. Pero dado que estas conversaciones fueron tan violentas, el propio Clemente VIII decidió dirigir personalmente los debates, sin ningún acuerdo definitivo. Finalmente, otro papa, Paulo V dictaminó en 1607 libertad para dominicos y jesuitas de defender su doctrina y prohibición absoluta de calificar de herejía a ninguna de ellas.
Los jesuitas, fueron destacando cada vez más en la educación, de hecho se acercaron a la escolástica, se introdujeron en las universidades y desde ese entorno quisieron influir con su enseñanza, al ganarse el favor de los papas fueron favorecidos con muchas prebendas. Pero con ello se granjearon muchas envidias y celos por parte de otras ordenes de más antigüedad, como ya hemos visto en el caso de los dominicos.
Otra disputa que se mantuvo durante muchos siglos fue con el llamado jansenismo. El origen de este movimiento dentro del catolicismo se remonta a los inicios de la expansión jesuita, sobre todo con la llegada de estos a Holanda en el siglo XVI. En aquella época había por allí un maestro de filosofía y teología, llamado Miguel Bayo, (en otros textos aparece como Miguel Du Bay), quien había participado de forma activa en algunas de las discusiones del concilio de Trento, lo cual indica que era un personaje de peso ideológico.
Había estudiado filosofía y teología en la universidad de Lovaina donde alcanzó el título de magister artium en 1533. Desde 1541 fue rector del colegio de Standonc. En 1544 se convirtió en maestro de filosofía mientras concluía sus estudios de teología, donde alcanzó también el grado de magister en 1550. En 1551 asumió como profesor de Sagrada Escritura del emperador Carlos V.
Durante largos años se había dedicado al estudio profundo de la obra de Agustín de Hipona. Bien pues Bayo llegó a conclusiones que casi le cuestan ser acusado de herejía. En realidad Miguel Bayo, se había centrado en la búsqueda de una explicación del significado real de la redención del sacrificio de Jesús y como un ser perfecto como el primer hombre podía caer, algo parecido a la polémica que en paralelo había mantenido el teólogo jesuita Molina, frente a los dominicos.
Según el pensamiento de Bayo, el hombre antes del pecado tenía los dones de amistad con Dios y estaba dotado de una serie de virtudes que impedían cualquier desorden: todas sus facultades estaban ordenadas y actuaban guiadas por la inteligencia iluminada por la fe. Este se puede considerar su estado natural y por tanto, el mal que viene después del pecado es una corrupción de la naturaleza humana; el daño de la naturaleza humana tras el pecado es tal que el hombre no puede querer el bien ni rechazar la tentación, más aún, el niño que muere sin ser bautizado es condenado al infierno.(De Prima hominis justitia, cap III).
El término usado por Bayo para referirse a la corrupción del hombre es servidumbre y con él quiere expresar el desorden de las facultades y la imposibilidad de que la voluntad humana quiera el bien moral que debe realizar.
Por otro lado, la redención logra restituir esa naturaleza, pues los dones que recibe tras la redención son "naturales" en el sentido de que le devuelven su perfección natural al hombre: la que le es debida en cuanto tal. Esto no significa que tal perfección inicial y redimida no sea un don divino sino sencillamente que es parte de la naturaleza humana que Dios por la fe y actitud del individuo, da de nuevo a este (De libero arbitrio, capítulo II).
Esto que era realmente solo un pequeño matiz con respecto a la doctrina oficial de la iglesia, menor incluso que las ideas introducidas por los jesuitas sobre las tres ciencias de Dios para justificar una predeterminación a medias, sin embargo le costó el anatema al teólogo flamenco, pues por poco se salva de ser considerado un hereje por la misma Inquisición que sin embargo nada pudo hacer contra Molina y sus seguidores. Detrás de este rechazo estaban por supuesto los jesuitas, quienes ejercían ya una gran influencia en el papa y algunos cardenales.
Lo que hizo que se rechazaran las tesis de Bayo, era que el insistía en que no solo se necesitaba fe, sino una voluntad humanas para merecer la gracia y que además la justificación no era un milagro divino, sino una recuperación de lo que el hombre original tenía, era simplemente correspondiente a lo que se perdió y no superior. Se acusó a Bayo de enseñar que el hombre alcanza la vida eterna no por "gracia" sino por sus propios méritos que ya ha recibido con el ser hombre. Todo lo necesario para vivir eternamente con Dios, no era algo nuevo, dado por Dios posteriormente, ni de forma extra, sino restituido con el bautismo. Con ello se enfrentó no solo a protestantes, luteranos y por supuesto calvinistas, sino contra el creciente poder ideológico de los jesuitas, quienes pretendían imponer sus ideas a toda costa. Primero logrando que 18 de sus tesis fueran condenadas como heréticas por la universidad de la Sorbona.
Posteriormente el texto fue llevado al papa Pío V de forma tergiversada y este respondió a sus escritos con una bula en la que condenó sus 76 tesis. Bayo apeló en 1569, el Papa confirmó la heterodoxia de tales tesis y Bayo renegó públicamente de las afirmaciones condenadas. En 1577 sostuvo una controversia contra el calvinista Felipe Marnix, sobre el asunto de la predeterminación y el libre albedrío. En 1580, las tesis controvertidas fueron objeto de una nueva condena papal, esta vez por parte de Gregorio XIII, aunque Bayo no perdió su título de canciller de Lovaina. En 1587, se produjeron disturbios en la universidad que contribuyeron a aclarar la posición de Bayo que quería evitar ser tachado de hereje. Los disturbios de aquel año fueron provocados por los jesuitas quienes querían echarle de la universidad, aunque el se aferraba a su derecho.
Todos esas desavenencias, y el ver como los jesuitas ampliaban cada vez más su poder e influencia, le hicieron cuestionar la autoridad papal y sospechar de ella. En su opinión sobre el primado del obispo de Roma o del Papa, defendía la independencia en asuntos locales. Sostenía que debería ser necesaria no una jurisdicción papal sobre todas las diócesis sino más bien su condición de patriarca universal, por ello no entendía que el Papa tuviese que interferir en los conflictos entre fieles y sus respectivos obispos, ni debería tener la potestad para otorgar la jurisdicción sobre una diócesis a ningún obispo, ni favorecer a unas ordenes frente a otras.
En medio de todo ese conflicto, entró en la universidad de Lovaina, un joven llamado Cornelio Jansen.
Jansen, nacido en el seno de una familia humilde de Accoy, en Utrech, había sido criado como católico, pese a estar rodeado de una comunidad protestante. En 1602 ingresó en la universidad donde impartía teología Miguel Bayo y las teorías defendidas por este atrajeron su atención, por lo cual se postuló contra los jesuitas escolásticos y a favor de las tesis sobre el efecto de la gracia divina recibida por el sacrificio de Jesús, como algo físico.
En la universidad entabló amistad con un tal Du Vergier, con quien más adelante se hospedó cerca de Bayona, donde pasó varios años enseñando en el colegio obispal. Allí también continuo sus estudio de los escritores cristianos de los primeros siglos, junto con Du Vergier, con quien además trazaba planes para una reforma teológica en la iglesia.
En 1616 regresó a Lovaina para ocuparse del colegio de Santa Pulcheria, un lugar preparado para formar estudiantes de teología holandeses. Los alumnos encontraban en él un maestro algo colérico y un tanto exigente, pero era apreciado como un buen enseñante. No dudó en tomar parte activa en la resistencia de la universidad frente a los jesuitas, que habiendo fracasado en su intento de hacerse con la universidad, habían creado una escuela de teología propia en Lovaina. Aquella escuela rivalizaba con la universidad de manera notable, tratando de llevarse a los mejores alumnos, hasta en dos ocasiones Jansen tuvo que viajar a Madrid, ente 1624 y 1626 para denunciar el papel de intromisión de los jesuitas. Pero en una de ellas poco faltó para ser acusado el, frente a la inquisición. En Holanda, el obispo misionero Rovenius guardaba recelos contra la compañía de Jesús. Y Jansen, apoyó enardecidamente al obispo misionero católico de los Países Bajos, Rovenius, en sus disputas con los jesuitas, que intentaban evangelizar el país sin tener en cuenta los deseos del obispo.
La antipatía que sentía Jansen por los jesuitas no le acercó al protestantismo, pues sus opiniones sobre la predeterminación eran opuestas, el anhelaba vencerles con sus propias armas, básicamente mostrándoles que los católicos podían interpretar la Biblia de una forma tan mística y piadosa como ellos.
Esto se convirtió en el gran tema de sus clases, cuando se le nombró profesor regio de interpretación de las escrituras en Lovaina en 1630. Aún más fue aquel el propósito de su libro Augustinus, un voluminoso tratado sobre la teología de Agustín, apenas acabado en el momento de su muerte en 1640. La preparación del mismo fue su principal ocupación desde su regreso a Lovaina. Pero también demostró intereses políticos, por ello se postuló a favor de la independencia de Bélgica del yugo español, aunque nunca lo hizo mas allá de las palabras.
A partir de su muerte surgió un movimiento dentro de la iglesia que se ha llegado a conocer como jansenismo. Sobre todo a partir del apoyo de Du Vergier, quien se dedicó a distribuir la obra de Jansen, a la que se le fue añadiendo, no solo postulados teológicos, sino moralistas, por medio de un tal Cyrian. Además de ciertas doctrinas sacramentales, añadidas a partir de otro teólogo llamado Arnaud. Pero todos ellos tuvieron como denominador común el odio visceral hacia la orden de los jesuitas. Odio que desembocó en posteriores influencias en políticos del momento para que los jesuitas fueran expulsados. Aunque a decir verdad en esta pugna, los primeros en perder fueron los propios jansenistas que fueron anatemizados, aunque nunca descabezados por completo. Por ejemplo en Holanda surgieron los llamados veterocatólicos, que se disgregaron de la Iglesia en 1723 en Utrech, desobedeciendo la bula papal contra el jansenismo.
Se dice que los jesuitas estuvieron detrás de la terrible guerra de los treinta años, y hay pruebas que de alguna manera influyeron por lo menos en los iniciadores de la guerra. Todo comenzó con la revuelta religiosa en Bohemia, donde un rey sin hijos llamado Matías, dejó el trono a Fernando, un hombre cercano a los jesuitas, cuyo propósito, alentado por estos era convertir toda Europa central en un feudo católico, para ello era necesario expulsar y destruir a todo grupo protestantes, empezando por los más débiles y terminando por todos. Con ayuda de Maximiliano, educado también por jesuitas, se unió en su proyecto. Esto provocó la reacción en cadena que llevó a la muerte de miles de inocentes, dejando Alemana diezmada y gran parte de territorios esquilmados. Fue una de las guerras religiosas mas terribles que se recuerdan.

DE APROBADOS A PROSCRITOS

Pasado el tiempo, los gobiernos ilustrados de la Europa del siglo XVIII se propusieron acabar con la Compañía de Jesús por su defensa incondicional del Papado, su actividad intelectual y los enemigos que se habían ganado, quienes de alguna manera influían en estos gobernantes, detrás de esto estaban como no, los jansenistas, algunos filósofos de importantes universidades, e incluso ciertos clérigos en Roma, todo el apoyo que ahora tenían los jesuitas, quedaba reducido al papa, que poco podía hacer en su defensa.
Curiosamente el primer país en expulsarlos fue Portugal. El ministro Carvalho, marqués de Pombal, fue su principal adversario, proscribió la obra y encerró en el calabozo a 180 jesuitas en Lisboa, expulsando al resto. En 1763, Luis XV de Francia los acusó de malversación de fondos por ciertos descalabros financieros en Martinica. El Parlamento de París condenó las Constituciones y el rey decretó la disolución de la orden en sus dominios, y el embargo de sus bienes.
Más tarde, los jesuitas fueron expulsados de los territorios de la corona española a través de la Pragmática Sanción de 1767 dictada por Carlos III el 2 de abril de 1767 y cuyo dictamen fue obra de Pedro Rodríguez de Campomanes, por entonces Fiscal del Consejo de Castilla. Al mismo tiempo, se decretaba la incautación del patrimonio que la Compañía de Jesús tenía en estos reinos. Como sucediera con los antiguos templarios, se hablaba de un gran tesoro que estos escondían en sus monasterios, aunque nunca se encontrase nada del supuesto «tesoro». Esto afectó al trabajo que realizaban los jesuitas en América y otros lugares.
La supresión general de los jesuitas fue llevada a cabo en 1773, cuando el Papa Clemente XIV enfrentó fuertes presiones de los reyes de Francia, España, Portugal y de las dos Sicilias quienes, por distintas razones, le exigían la desaparición de la Compañía. El Papa cedió y mediante el breve Dominus ac Redemptor suprimió la Compañía de Jesús.
Los jesuitas se convirtieron al clero secular y los escolares y hermanos coadjutores quedaron libres de sus votos. El Padre General, Lorenzo Ricci, y su Consejo de Asistentes fueron apresados y encerrados en el Castillo Sant Angelo en Roma, sin juicio alguno.
Solamente se mantuvieron activos en Rusia, Polonia, Prusia e Inglaterra, donde no se aplicó la bula papal. La prohibición duró mas de cuarenta años, hasta que otro papa, Pío VII decidió restaurar a la Compañía.
Los jesuitas habían sobrevivido en Rusia protegidos por la zarina Catalina II. La restauración universal era vista como una respuesta a las presiones generadas por quienes en ese momento eran vistos en ese entonces como los enemigos de la Iglesia, especialmente la masonería, condenada por el catolicismo y al igual que los jesuitas fueron un buen instrumento contra el avance protestante, ahora lo serían contra la masonería.
Posteriormente en Rusia, las tornas cambian y son lo zares quienes expulsan a los jesuitas de sus tierras, volviendo muchos de ellos a otras misiones en diferentes partes del mundo.
Hoy día la compañía de Jesús, sigue siendo plato de polémicas, muchas de ellas políticas, por alinearse con la llamada teología de la liberación, por la que abogan por una iglesia de los pobres y que en algunos casos llegan al extremo de unirse como lo han hecho en Centroamérica a los diferentes grupos revolucionarios, incluso formando parte de ciertos gobiernos. Mientras en Europa, luchan frente a otras influencias más fuertes que tratan de arrebatarles protagonismo, como son el poderoso Opus Dei.
En definitiva, la compañía de Jesús, ha sobrevivido a los desmanes que desde dentro y fuera de su iglesia han tenido, llegando a destacar como movimiento educacional y con gran calado social, sobre todo en estos últimos tiempos. Son conocidas sus numerosas misiones en paises pobres donde construyen escuelas, hospitales y otros proyectos sociales, llevando el catolicismo a lugares remotos del mundo. Pero no han logrado su principal propósito de convertir a la iglesia en algo popular, donde desde el más pequeño al más grande conozca sus doctrinas y sepa defenderlas frente al avance de los cristianismos alternativos. De hecho poco a poco van viendo reducida su influencia y su número, que desde los años sesenta del siglo pasado a pasado a cifras alarmantes.

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