Obra protegida por derechos de autor

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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
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Siglo III : El brote empieza a crecer

Si el siglo II fue de adaptación y vio el surgimiento poco a poco del poder de las jerarquías, que en principio resultaron necesarias para mantener la unidad del cristianismo creciente, sobre todo ya muy extendido en Europa occidental, incluso en la zona norte, el siglo III, vio consolidado ese poder pero al grado peligroso de introducir otro factor, el del nombramiento de un cabeza para dirigir al cuerpo gobernante y convertir al cristianismo en un sistema piramidal, pero eso sucedió lentamente. Aunque existen listas de supuestos papas que según los historiadores cristianos posteriores al siglo IV, se remontan a casi el principio del cristianismo, sin embargo, como ya demostramos en el capitulo sobre el siglo II, esa no era la realidad, y no fue así al principio del III. Las listas de estos supuestos papas se hicieron de forma muy posterior y sencillamente el autor de las listas, lo hizo en base a los obispos que había en Roma. Para apoyar la idea de que la iglesia era romana.
Fue precisamente uno de estos obispos romanos Víctor, protagonista del final de siglo y comienzos del III. En antagonismo con Praxeas, Calixto por otro lado y Tertuliano y el movimiento montanista por otro. El siglo se inicio con grandes dificultades de unidad y de hecho podemos considerar que hubo un antes y un después de esos turbulentos momentos. La ruptura fue decisiva para a partir de allí considerar dos caminos paralelos o dos cristianismos claramente diferenciados, con muchas cosas en común al principio, y sin tener claro cual de ellos era el mas cercano o acertado de los dos. Dos tendencias, con una visión que tendería a distanciarse y hacer insalvable la vuelta atrás. Pero el tiempo demostraría, que no siempre gana la tendencia mas cercana a los orígenes, como era de preveer por la parábola de Jesús. La tendencia perdedora desde el posteriormente llamado catolicismo romano, se ha anatomizado y denomizado, pero que en sus inicios eran los que tenían la verdad y la razón.
Una controversia que se cerró para este tiempo decantándose por la linea mas romanizada, fue algo que habiendose iniciado en la anterior centuria, todavía daba coletazos en estos comienzos de siglo, III, estaba relacionado con la fecha de la pascua, o conmemoración de la última cena, que para esos tiempos todavía se celebraba de forma anual.
Para las congregaciones de Asia era costumbre respetar el día 14 después de la primera luna llena de primavera, tal como acostumbraba el judaísmo y como realmente la celebró Jesús con sus apóstoles. Por ejemplo Melitón de Sardis en su obra Peri Pascha ("Homilía de Pascua") escrita alrededor del año 160, indica claramente la costumbre por lo menos en oriente de celebrar la Pascua el día catorce de Nisan, en lugar de al domingo siguiente.
Pero, por razones mas prácticas al principio, en occidente se empezó a acostumbrar a hacerlo el primer Domingo posterior a ese día 14, es difícil no concluir que era una manera de romanizar la celebración acercando esta al día del Sol, que luego se llamó Día del señor (Dominus). Quizás pudo ser para pasar mas desapercibido ante los romanos por tratarse de un día en cierto modo sagrado para ellos. Pero, esto provocaba malestar y no era bien visto en oriente sobre todo porque romanizar algo era casi tanto como paganizarlo. Tal fue el descontento ante tal decisión por parte de Víctor y sus partidarios, que en su momento de nuevo la figura de Ireneo, hizo calmar los ánimos, en una carta bellamente escrita que dirigió a Víctor, le suplicaba que no fueran censurados los que no aceptasen sus tesis sobre las fechas, señalando que sus defendidos no eran realmente culpables, sino que se aferraban a una costumbre tradicional y que, una diferencia de opinión sobre el mismo punto, no había impedido que Aniceto o Policarpo, anteriores obispos romanos, permaneciesen en amable unión.. El resultado de su embajada fue el restablecimiento de las buenas relaciones entre las dos partes. Pero indicaba como algunos obispos tenían la intención de hacerse notar como superiores a los demás.
De hecho, la gran mayoría de obispos y presbíteros aceptaron las tesis de Víctor y se estableció el primer Domingo después del 14 de Marzo para la celebración, fuera intencionado o no, pero fue el primer paso para relacionar ante el mundo romano, la celebración del sol con la persona de Jesús.
Con ello los partidiarios de la tradicion del 14 Nisan, llamados cuartodecimanos, fueron expulsados de las congregaciones occidentales no tanto de las orientales donde se les permitió mantener la tradición.
Por otro lado parece ser que en Roma, por otros motivos, las controversias entre unos y otros llegaron más allá de las palabras. No se sabe si por parte de los seguidores de Praxeas, de Teódoto o de algún judaizante tardío, pero dichas controversias entre los obispos con demasiado poder llegaron a fomentar la división, en alguna ocasión hubo incluso enfrentamiento físico, cosa inaudita en el cristianismo, en uno de esos enfrentamientos murió el tan controvertido Víctor. Alejado de esa violencia, estaban los montanistas, aunque todavía en el seno del grupo, aceptando la dirección del sistema, pero en situación un tanto incomoda, tanto como los cuartodecimanos.
Por un lado porque los montanistas veían como la opulencia y la ambición del poder se estaba adueñando de los que debían se cabezas de la congregación. Por otro lado el tiempo pasaba y sus esperanzas o expectativas milenaristas no se veían tan cerca, eran rechazadas de hecho por algunos miembros del cuerpo gobernante de aquellos tiempos. Pero se mantuvieron un tiempo y progresaron gracias a que por otro lado tenían muchos partidarios, algunos dentro del propio cuerpo gobernante, porque sus argumentos, no se basaban en confusa filosofía, sino en la sencillez de la Biblia y porque eran los mas celosos predicadores.
Al igual que algún lider cristiano también otro de los cabezas pensantes de aquella época les apoyó y fue uno de los mayores defensores, hasta el grado de perder la confianza de los líderes. A manos de esta tendencia, nacería lo que podemos decir uno de los primeros cismas, la división a la que hacíamos referencia párrafos atrás. A partir de ellos podríamos seguir una linea de cristianismo alternativo que ha llegado hasta nuestros días y que muchos grupos actualmente aceptan como sus raíces.

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