Obra protegida por derechos de autor

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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
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La era de los apologístas cristianos



El cristianismo del siglo II tenía la responsabilidad de mantenerse al margen y seguir su ritmo, con independencia de las corrientes comunes en el imperio, eso era parte de su enseñanza, no ser parte del mundo. Pero la entrada de numerosos sabios, personas provenientes de las altas esferas filosóficas, algunos políticos y magistrados, trajo consigo nuevas influencias y corrientes que se infiltraron en la nueva fe. Si en el siglo pasado se dice que algunos sacerdotes judíos y miembros del sanedrín abrazaron el cristianismo y después protagonizaron las grandes corrientes judaizantes, de la misma manera, algunos de los conversos provenientes de esta "sabiduría" grecorromana, protagonizarían otra corriente que con el tiempo llegaría introducir la filosofía en la comunidad cristiana. 

No se puede decir que el movimiento apologista fuera una escuela o agrupación separada del cristianismo, ni tan siquiera una corriente. De hecho, muchos de ellos no se citaron, ni siquiera se conocieron. Fue más bien un método de acción que respondía a una necesidad imperiosa, defender al cristianismo y llevarlo a esferas de la comunidad mundial, hasta ese tiempo inalcanzables. En efecto, los primeros apologistas cristianos, destacaron por realizar una labor informativa  frente a los ataques, injurias y calumnias que provenían del mundo grecorromano. Si durante el siglo I, fueron los judíos quienes calumniaban al cristianismo y de donde provenían la mayor parte de las acusaciones contra estos, desde el siglo II, fueron las corrientes filosóficas y las agrupaciones religiosas del paganismo griego y romano, las que tomaron la delantera en señalar a los cristianos ante las autoridades, con acusaciones prejuiciosas de todo tipo, a cual más dura y falsa.

Y estos maestros, con gran conocimiento y buena dicción, lucharon con las palabras, en algunos casos utilizando la misma metodología del enemigo. Bien es verdad que los primeros apologistas tan solo se limitaban a usar la lógica propia, incluso la lógica apostólica en imitación de grandes cristianos del primer siglo. Pero como se trataba de cristianos de gran cultura y don de palabra, se dedicaron a escribir a sabios, gobernantes, cónsules y otros miembros de la jerarquía gobernante del imperio, para hacerles ver que el cristianismo no era ningún movimiento peligroso para su imperio, y demostrar la superioridad de la enseñanza frente a otras ideologías existentes y bien vistas por el estado. Por eso, se empezó a escribir, ya no solo para los cristianos, sino para la gente de afuera, para los gobernantes, para los magistrados, incluso para los sabios del mundo. Hasta las primeras tres décadas del siglo II, los apologistas seguían las directrices y los métodos apostólicos para explicar el cristianismo, pero después se observa un cambio de forma, incluso algunos influenciados por corrientes alejadas de la ortodoxia y más cercanos a los métodos de la retórica griega. Pasemos pues a repasar la evolución de los pensamientos y enseñanzas de algunos de los más importantes o conocidos apologistas del siglo II.

Justino Mártir: Defensor de la lógica cristiana 



Nacido en Flavia Neapolis, la antigua Siquem bíblica, para ese entonces perteneciente a la provincia de Samaria, pero de familia griega, este cristiano de cuya fecha se duda entre los años 100 al 114, se puede considerar un apologista y escritor de gran talento. De alguna manera se valió del hecho de que de joven estudió filosofía con varios maestros y reputados filósofos, en su búsqueda de un sentido a la vida, escudriñó entre los estoicos, aristotélicos y platónicos, con resultados frustrantes, pues no encontró las respuestas que buscaba. Pero en Éfeso se topó con un cristiano que le puso al día sobre la sabiduría del antiguo testamento que anunciaba la venida de Jesús, explicándole la nueva fe. Desde entonces se dedicó plenamente a defender esa fe de los ataques externos que la calificaban de secta judía, sediciosa, incluso atea. En su primera apología dirigida al emperador Antonino Pío dijo: Suplicamos que se investiguen cuidadosamente los crímenes que se imputan a los mismos y que si se demuestra que esos crímenes son verdaderos se les castigue como sea justo. Pero si nadie puede demostrar semejante cosa, la recta razón no permite que por un mal rumor se haga injusticia a hombres inocentes (Apología I, 3). Ese parece que fue el sentido de esta primera apología, si bien en ella también explica al emperador algunos de los rituales comunes del cristianismo, a fin de hacer ver que nada de lo que se decía de ellos era cierto. Entre otras cosas, habla de la celebración de la Cena del Señor (Eucaristía), en la que tras unas palabras en las que se leen las escrituras, se da una alabanza, después los diáconos proceden a repartir el vino y el pan entre los asistentes, de los cuales sólo participan los bautizados.  

En una de sus principales obras, dialogo con Trifón, hace una defensa del cristianismo, recordando la actitud de enemistad de los judíos: Ustedes [los judíos] han enviado por todo el mundo a hombres escogidos y ordenados para proclamar que una herejía impía y desaforada había procedido de cierto Jesús, un engañador galileo, a quien crucificamos, pero a quien por la noche sus discípulos robaron de la tumba donde había sido puesto, (Diálogo con Trifón). Pero también es interesante este escrito por algunos detalles que añade sobre el “logos”, defendiendo que no se trata de otra deidad para los cristianos, pues de alguna manera los judíos acusaban a los cristianos de creer en varios dioses, esta es la definición Justino: El Logos de la Sabiduría, quien es este mismo dios engendrado del Padre de todo, Logos, Sabiduría, Poder, y gloria del Engendrador, (Diálogo con Trifón 61). Sin embargo, aún llamándolo dios, ya había aclarado en párrafos anteriores que este ser está subordinado al padre, cuando dice: Yo te persuadiré, desde que tú has entendido las Escrituras (de la verdad), de que hay, y se dice que existe, otro dios y señor subordinado al Hacedor de todo; quien es llamado Ángel, porque Él anuncia a los hombres cualquier cosa que el hacedor de todo, sobre quien no hay otro Dios, desea decirles a ellos, (Diálogo con Trifón 56). Algunos acusan a Justino de subordinacionismo, pero esta era en realidad la doctrina ortodoxa hasta ese momento, él no vino a cambiar nada de lo escribió el evangelista Juan. Algo que reconoce que impresionó a Justino, de los cristianos, fue su intrepidez y sosiego ante la muerte, no por algo abrazó el cristianismo en plena época de las persecuciones, cuando impunemente eran colgados en maderos y ajusticiados cruelmente. 

Él se hizo evangelizador y viajó por muchos lugares del imperio, llegando incluso a Roma, desde donde escribió su Apología II, dirigida al senado romano. Tal vez por no tener la discreción de otros, su estilo de redacción se hizo más dura y sin cortapisas, lo cual le condujo precisamente a ese fin que denunciaba. En aquella apología escribió lo siguiente: Yo también espero ser objeto de asechanzas por parte de alguno de estos que he mencionado y ser por ello atado al palo, o acaso por ese buscarruidos Crescente, amigo de la ostentación. Porque no es digno ni siquiera del nombre de filósofo, porque afirma públicamente de nosotros cosas que ignora en absoluto, a saber, que los cristianos somos impíos y ateos, y lo dice para dar gusto a la engañada muchedumbre del bajo pueblo. (Apología II, Justino).

No se sabe si fue ese mismo Crescente, filósofo de la escuela cínica, u otro, quien denunció a Justino ante la prefectura romana. En cualquier caso, fue acusado de persona subversiva y fue condenado a muerte. En el 165 E.C, se cumplieron sus palabras premonitorias y fue decapitado en Roma, llegó a ser un “mártir” (testigo en griego). Desde entonces se le llamó: Justino Mártir.

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