Obra protegida por derechos de autor

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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
Depósito legal: M-20243-2011

Las persecuciones: Se aplasta al trigo junto a la mala hierba

Alrededor del año 211 Tertuliano rompe definitivamente con esta iglesia a la que a partir de ahora en sus escritos ya no acepta como suya, ni se siente identificado con ella. En su obra "De Fuga in persecutione", denuncia la costumbre de huir de las persecuciones sea por medio de huir o buscar las amistades con los gobernantes o su influencia para evadirlas, de alguna manera critica la actitud cómoda o consentida sobre todo de la iglesia romana.
Hasta ese momento, este asunto de las persecuciones, era lo único que acercaba a las diferentes tendencias, lo único que tenían en común todas las facciones cristianas, ya que el imperio no hacía distinción. Aunque con el tiempo poco a poco parece que si se empezaba a hacer tal distinción entre unos y otros. Por ello, esto también se comenzó a utilizar como prueba del verdadero cristianismo.
Entre la iglesia el que se reconociera a alguien como víctima de persecuciones, lo consagraba a estar en las listas de los mártires, documentos en los que se describía su vida y sufrimiento, además de obtener un entierro especial. Es curioso que en algunas tumbas en Roma aparecía la inscripción MR, en los epitafios de los que murieron como mártires, aunque en algunos casos, dichas iniciales se añadieron con posterioridad por motivos que se desconocen. Distinción similar se hacía en otros movimientos aunque sin dar la pompa que posteriormente recibieron los de la llamada iglesia romana.
Se había vivido décadas atrás cierta paz con Trajano, pero a la llegada de Séptimo Severo al poder del imperio en el 193, la cosa dio de nuevo un giro desfavorable para todos los cristianos en general. En el año 202, este promulgó una serie de decretos de carácter sincretista, en el sentido de que todos los súbditos debían rendir culto al "Sol Invicto". Promulgó una ley que prohibía la extensión del cristianismo y del judaísmo. Este fue el primer decreto universal que prohibió la conversión al cristianismo. Estallaron violentas persecuciones sobre todo en Egipto y África del Norte.
Esto llevó a a duras persecuciones no solo contra los cristianos de todas las tendencias , sino contra los judíos. Entre las mas celebre muertes se encuentra la del ya anciano Ireneo de Lyon, quien al parecer para ese tiempo simpatizaba con el montanismo, no sabíamos que hubiera hecho de haber estado vivo cuando el movimiento llegó a considerarse herético por la iglesia principal pocos años después. Ya, previamente Valeriano había dado muerte, entre otros al propio Montano.
Las persecuciones prosiguieron, aunque un poco mas suaves con los siguientes emperadores, no así en el norte de África, donde se mantuvieron severamente los decretos de Séptimo y otros en los que de nuevo se pedía la adoración o incienso para el emperador, para mantener la fidelidad de estos ciudadanos. En Cartago fue notable de nuevo las bajas entre los llamados montanistas. Tertuliano, al parecer respetado por su ascendencia noble, pudo escribir a un tal Scapula, procónsul de las provincias romanas de África, un escrito en el que trata de convencer a este de que las brutalidades contra el cristianismo, lógicamente el cristianismo de los llamados espirituales, va contra el estado romano y nos los harán desaparecer.
Sin embargo parece ser que las persecuciones no afectaron a todos por igual, o por o menos no fue así interpretado por algunos, pues mientras en las filas montanistas y de otras tendencias, como los seguidores de Marción, los ebionitas en Palestina, y en la misma linea los Elkesaitas, algunas de estas tendencias ya consideradas heréticas, las persecuciones les afectaban mas duramente, a otros sin embargo, por aquello del acercamiento al estado, se les trataba con mas indulgencia.
En el caso de los gnósticos, se tiene pocos datos, pero por aquello de practicar el ascetismo y el aislamiento es muy posible que se libraran en cierto modo de la dureza de estas. También por el hecho de que sus cultos los hacían mas en la oscuridad y en la salvaguarda de los lugares escondidos, prueba de ello es que la mayoría de los escritos gnósticos que han llegado hasta nosotros, han aparecido en los desiertos de Siria, Palestina y Egipto, refugios perfectos para estos grupos. Quizás fueran perseguidos con la misma severidad, pero por su carácter aislacionista tuvieron pocas bajas. Lo mismo puede decirse de los Encratitas y de algunas de sus ramas que para ese tiempo de la mano de un tal Severo, se habían separado de estos, pero todos estos también practicaron el ascetismo y el aislamiento de la sociedad, por ello se mantuvieron ocultos de las persecuciones, hasta el siglo IV. Muchos de estos grupos solo eran conocidos por la propia iglesia que los condenaba verbalmente, las cosas cambiarían para muchos de estos grupos con posterioridad al siglo IV, cuando esta subió al poder.
Sin embargo en algunos casos desde un lado y desde las diferentes corrientes se lanzaban acusaciones de falsos mártires que se aprovechaban del trato que recibían los que alegaban haber recibido privaciones por parte de las autoridades, también había acusaciones desde diferentes de inventarse historias increíbles, en las actas de los mártires.
Por otro lado, se decía que algunos bajo presión de las autoridades, cedían, y aceptaban adorar al emperador, para luego mostrar arrepentimiento. Estos que fueron llamados "Lapsus" Estas situaciones no eran aceptables para Tertuliano, ni para los espirituales como se hacían llamar, los montanistas. Por ello acusaba a los otros, a los que ahora llamaba los "psiquicos", por oponerse a la autoridad del espíritu santo, al intentar por medios sinuosos, de librarse de la persecución y tener una muerte que Dios tenía como digna de ser conmemorativa. Las numerosas persecuciones a las que se veían sometidos por largas temporadas los cristianos, hacia surgir números problemas tanto de dirección como ya mencionamos con respecto a la situación a principios del siglo II, como también sobre que hacer con aquellos que por debilidad cedían y transigían ante las autoridades.
Desde finales del siglo II, el asunto del perdón o aceptación de los que habían cedido por miedo a las pruebas de la persecución, fue tema de mucha discusión y enfrentamiento. Estaban quienes no podían aceptar que fuesen perdonados aquellos que para su propia salvación temporal apostataran adorando idolos, recordemos que por lo general la prueba a la que se sometían para ser condenados o no era quemar incienso ante una imagen del emperador. Ya Tertuliano e Hipólito habían tratado este asunto que para ambos era inaceptable, para los montanistas era "pecar contra el espíritu santo".
Pero por otro lado si tenemos en cuenta los sufrimientos y vejaciones a las que se sometía a hombres, mujeres y hasta niños en algunos de los peores momentos, las quemas en maderos, las violaciones y torturas y el sufrimiento y la humillación en los circos romanos, en cierto modo sería comprensible que algunos por temor o debilidad, quizás por ejemplo alguna madre para proteger a sus hijos, cediera, o alguien poco preparado para dichas pruebas, cediera, para luego arrepentirse de corazón. Desde luego el ceder era suficiente razón para ser expulsado de la congregación cristiana, pero para algunos, había casos en los que si estos pedían volver arrepentidos de su anterior decisión, podían ser perdonados.
Un ejemplo de estas discusiones las tenemos en el caso de Cipriano, Obispo de Cartago en el año 248 se encontró con las dudas sobre que planeamiento a seguir en esos casos. Muchos de los que en un momento habían cedido a las presiones para quemar incienso o adorar idolos bajo pena de muerte, quisieron luego volver a la congregación. La costumbre al parecer era solicitar una especie de indultos o certificados de perdón a quienes habían sobrevivido a las persecuciones, por la consideración de prestigio de el trato como héroes, que estos podían ostentar. Esto llevó a hacer pensar que podían transmitir o hacer participes de sus méritos a los que se habían considerado débiles, de tal manera que ahora podían ser readmitidos. Aquello en un momento dado se podía convertir como ya denunciara Tertuliano en un negocio de intercambio de méritos. Y esto hacía que muchos cedieran a la mínima, sabiendo que después solo se trataba de acudir a algún amigo o familiar que hubiese permanecido fiel para poder ser indultado.
Novaciano, que para ese año era obispo de la ciudad de Roma o pretendía esa posición, dado la perdida por muerte del anterior, tuvo cierta correspondencia con Cipriano al respecto y se aceptó el perdón para estos, pero indicando que dicho perdón solo debe ser dado por ministros, diaconos o presbíteros y no por los mártires. Con ello parecía resolverse el asunto que tanta controversia llevaba teniendo.
Tras Séptimo Severo, otro de los mas crueles perseguidores de los cristianos de toda clase fue Decio. En el año 249 subió al trono imperial. Para los cristianos este fue uno de los mas grandes criminales, pero para los romanos mas tradicionales, Decio era sencillamente un romano clásico que quería volver a sus costumbres de antaño y un hombre dispuesto a restaurar la vieja gloria de Roma. Por diversas razones, esa gloria se estaba perdiendo poco a poco. Las presiones en todas las fronteras del imperio eran muy grandes y difíciles de sofocar eran las revueltas en uno y otros lugar. La numerosas guerras hacían que la economía del Imperio se resintiera. Y las viejas tradiciones caían cada vez en mayor desuso.
Para un romano del corte de Decio, resultaba evidente que una de las razones por las que todo esto sucedía, era que el pueblo había abandonado el culto de sus dioses. Se recordaba los tiempos de mayor gloria del imperio y se relacionaba con sus cultos. Cuando todos adoraban a los dioses, las cosas parecían marchar mucho mejor, y la gloria y el poderío de Roma eran cada vez mayores. Por ello para muchos cónsules y ministros de los diferentes cultos era obvio que el auge del cristianismo de cualquier clase, estaba haciendo que la protección de los dioses antaño asegurada, para ese tiempo se estaba. Por esa razón para estos, una de las medidas que debían tomarse a fin de restaurar la vieja gloria de Roma, era la restauración de los viejos cultos. Así, imponiendo al pueblo la adoración obligatoria los dioses tradicionales de Roma, posiblemente los dioses volverían a favorecer al Imperio.
Por otro lado, curiosamente para muchos cristianos, entre ellos para el mismo Cipriano las persecuciones cada vez mas violentas y salvajes, sobre todo las de Decio, les hicieron pensar que quizás no sería por el relajamiento de las costumbres entre los cristianos, por observar como en tiempos de paz, se tendía cada vez mas a la vida disoluta, no solo entre los cristianos base, sino entre los líderes, presbíteros, diaconos, incluso obispos.
Es digno de notar el siguiente texto sacado del escrito de Cipriano sobre los Apostatas (los que cedían ante las persecuciones), en el se muestra las posible razones por las que se creía que era Dios quien ponía a prueba a los cristianos por su degradación y dice así entre otras cosas : El Señor ha querido poner a prueba a sus hijos. Una larga paz había corrompido en nosotros las enseñanzas que el mismo Dios nos había dado, y tuvo que venir la reprensión del cielo para levantar la fe que se encontraba decaída y casi diría aletargada; y aunque nuestros pecados merecían mayor severidad, el Dios piadosisimo ha ordenado de tal manera todas las cosas, que todo lo que ha acontecido parece ser más una prueba que una persecución. Cada uno se preocupaba de aumentar su hacienda, y olvidándose de su fe y de lo que antes se solía practicar en tiempo de los apóstoles y que siempre deberían seguir practicando, se entregaban con codicia insaciable y abrasadora a aumentar sus posesiones. En los presbíteros ya no había religiosa piedad, no había aquella fe íntegra en el desempeño de su ministerio, aquellas obras de misericordia, aquella disciplina en las costumbres. Los hombres se corrompían cuidando de su barba, las mujeres preocupadas por su belleza y sus maquillajes: se adulteraba la forma de los ojos, obra de las manos de Dios; los cabellos se teñían con colores falsos. Con astutos fraudes se engañaba a los sencillos, y con intenciones torcidas se abusaba de los hermanos. Se concertaban matrimonios con los infieles, y se prostituían a los gentiles los miembros de Cristo. No sólo se juraba temerariamente, sino que se perjuraba; se despreciaba a los superiores con hinchada soberbia, se blasfemaba con lengua venenosa, se desgarraban unos a otros con odios pertinaces. Muchos obispos, que debían ser ejemplo y exhortación para los demás, se olvidaban de su divino ministerio, y se hacían ministros de los poderosos del siglo: abandonaban su sede. dejaban destituido a su pueblo, recorriendo las provincias extranjeras siguiendo los mercados en busca de negocios lucrativos, con ansia de poseer abundancia de dinero mientras los hermanos de sus iglesias padecían hambre; se apoderaban de haciendas con fraudes y ardides, y aumentaban sus intereses con crecida usura... Nosotros, al olvidarnos de la ley que se nos había dado, hemos dado con nuestros pecados motivo para lo que ocurre: ya que hemos despreciado los mandamientos de Dios, somos llamados con remedios severos a que nos enmendemos de nuestros delitos y demos muestra de nuestra fe.
(De los apostatas 5-6)
Es digno de notar como muchas de esas cuestiones eran las mismas por las que Tertuliano luchó en su tiempo, sobre todo se pone de manifiesto la relajación que en Roma se estaba dando a estos asuntos.

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