Obra protegida por derechos de autor

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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
Depósito legal: M-20243-2011

Orígen de las fiestas de San Fermín






Desde el seis hasta el catorce de Julio se celebran en Pamplona, España, las llamadas fiestas en honor a San Fermín o Sanfermines, dicho más coloquialmente. Vamos a indagar en la historia de este personaje por el que se hace esta mundialmente conocida fiesta, célebre por sus emocionantes carreras de gente delante de enormes toros. Lo que hay alrededor de la fiesta es toda una juerga donde el alcohol, los excesos y la pérdida del pudor, la convierten en toda una bacanal de las más populares del mundo. 

            Pero ¿quién fue Fermín de Amiens? Fermín o Firminus, era hijo de Firmo, un senador romano de la provincia de Pampaelo, (actual Pamplona). Firmo gobernó aquella provincia como alto funcionario y representante del emperador Diocleciano en la zona.   Firmo de Pampaelo se mantuvo leal al emperador, pese a que se vivían tiempos convulsos en el imperio, rebeliones en el norte y sobre todo en oriente, donde la protagonista era Zenobia de Palmira. Diocleciano fue conocido también por ser un duro perseguidor del cristianismo. Este emperador se hizo llamar dios, tal como ya lo hicieran algunos aberrantes mandatarios de la talla de Calígula. Diocleciano, muy astutamente difundió la teoría según la cual, el emperador ocupaba en la Tierra el mismo lugar que el Sol en los cielos. Se presentaba en las ceremonias revestido de oro y pedrería, coronado con una diadema. 

            En ese ambiente se crio el joven Fermín, feliz, protegido y seguro, en una tierra donde muchas celebraciones estaban ligadas a las ancestrales fiestas paganas romanas. Entre otras, estaban las Augustalias, celebradas del 6 al 12 de Octubre, estas eran dedicadas como su nombre indican Augusto, y al parecer eran precedidas por una procesión en el circo, donde a pie y probablemente, en carros y literas, se portaban las imágenes de Augusto, las del emperador reinante, en este caso Diocleciano y otras figuras célebres, como las de Júpiter. Los magistrados y gobernantes, como Firmo su padre, procesionaba delante, presidiendo los juegos que consistían como era costumbre en lidias entre animales y gladiadores. También se celebraban las ludis, los juegos de Apolo y otro tipo de festejos que en este caso se celebraban entre el 6 al 13 de Julio. En estas ocasiones las autoridades para satisfacer al populacho, los, ofrecían panem et circenses (pan y circo). Sin embargo, aunque su valor como entretenimiento pudiera haber oscurecido su sentimiento religioso en ciertos momentos, pero los ludi fueron entendidos como parte de la adoración a los dioses tradicionales romanos, y por eso los líderes cristianos aconsejaron a estos no participar en dichas fiestas.

            Pronto Firmo y su familia darían un cambio radical en su vida, se dice que en cierta ocasión, mientras se dirigía con su esposa Eugenia y sus amigos los senadores Faustino y Fortunato, camino al templo de Júpiter, situado en las inmediaciones de la actual catedral, para orar según sus ritos y costumbres, se detuvieron al ver a un extranjero, Honesto, un misionero cristiano, que explicaba al pueblo la figura y doctrina de un personaje del cual nunca había oído hablar. Llamó su atención que aquel extraño predicaba el rechazo al culto de los dioses tradicionales, algo penalizado en aquella época, pero lo hacía no solo con vehemencia, sino con razonamientos sólidos. Tan elocuentes sonaron los argumentos de aquel predicador a oídos de Firmo, que se acercó a este y se inició una profunda e interesante conversación, lo que llevó a que pronto el senador aceptase el cristianismo como religión. 

            Toda la familia se unió a estos y Firmo tuvo que abandonar su cargo como senador. Poco después, el propio Fermín se bautizaba como tal y toda la familia aceptó el cristianismo. El joven hizo rápidos progresos en su nueva religión y se convirtió en un celoso luchador contra el paganismo reinante en su tiempo, rechazando la adoración a los monarcas, las imágenes de estos y de los dioses romanos y por tanto, evitando participar en sus fiestas. 

            Cuando apenas contaba con menos de veinte años, ya tenía suficiente experiencia para ser nombrado misionero itinerante acompañando a Honesto en sus viajes. Y a los veinticuatro años fue ordenado obispo. Cuando contaba con treinta, decidió ir a la Galia para predicar en diferentes lugares, primero en Aquitania, luego más al norte en Agen, donde al parecer el paganismo estaba muy arraigado, y luchó para constituir varias congregaciones cristianas en el lugar. 

Por aquella época Valerio, gobernador de los belovacos, perseguía a los cristianos y los martirizaba. Pero Fermín, aun sabiendo esto, se dirigió a la ciudad de Beavais, capital de esa región, dispuesto a defender sus creencias frente al paganismo. Nada más llegar, inició su ministerio convirtiendo a muchos adoradores de Júpiter y buscando apoyo para muchos cristianos perseguidos y encarcelados. Viendo su éxito y el daño que hacía a las deidades locales, Valerio lo mandó encerrar cargado de cadenas, ordenando que lo azotaran repetida y cruelmente. Pero ni por esas dejó de predicar día y noche en las mazmorras donde fue llevado, convirtiendo a muchos prisioneros e, incluso, a los carceleros. Muerto Valerio en una revuelta militar y fallecido su sucesor Sergio por una infección, de alguna manera se estableció una especie de amnistía y por ello Fermín logró de nuevo la libertad. Finalmente se dirigió a Amiens, que en aquella época era conocida por el nombre de Samaroviba, capital de Picardía. Pero fue allí donde un 10 de octubre del año 298 Fermín es arrestado de nuevo, pero esta vez para no salir nunca más. Los gobernadores Sebastían y Lóngulo decidieron tapar la boca a este elocuente misionero.  

            En su juicio, celebrado en la sala principal de juntas, se le acusó romper la siguiente ley: Los sacratísimos emperadores ordenaron que el honor y el culto de los dioses fuesen observados por todos los pueblos y las gentes hasta los rincones más lejanos del Imperio. Ellos dispusieron que las aras sagradas y los altares fuesen venerados de acuerdo con las antiguas tradiciones y costumbres. Si alguien atenta contra los decretos de los santísimos emperadores, se les debe aplicar la pena capital según el decreto dado por los senadores y por los príncipes de Roma.”

            En su defensa Fermin declaró esto en su juicio: Sin embargo, los dioses que adoráis por ilusiones y fantasías de los demonios, son simulacros mudos, sordos e insensibles que condenan las almas y a sus adoradores precipitan en lo profundo de la tierra . Esto es lo que yo predico y con libertad denuncio que son fabricación diabólica; digo a todos los pueblos y a todas las gentes que los abandonen.   
        
 Inmediatamente fue condenado a muerte y fue decapitado, enterrado su cuerpo en Amiens. Aunque corrió el rumor que su cabeza no fue enterrada en ese mismo lugar, algo que no se puede constatar. Pasaron siglos sin que se supiera más de aquel mártir, si bien no se olvidó su paso por aquel sufrimiento. Pero el culto a san Fermín se inició en Amiens, lugar de su martirio. La tradición nos cuenta del descubrimiento de sus reliquias a comienzos del año 615, siendo trasladadas el 13 de enero de ese mismo año a la catedral de Amiens, bajo el pontificado de Salvio. En el siglo XII, el culto al que ya se llamó San Fermín, adquirió gran esplendor y popularidad en la ciudad francesa. Según las Actas de la Iglesia de Amiens, este nuevo impulso se debió al obispo Godofredo, quien afirmó ser protagonista de una serie de acontecimientos extraordinarios y que los relacionó con el santo. Estas cosas sirvieron para colocar al santo en lugares de devoción no alcanzados hasta entonces. 

                Sin embargo en Pamplona no encontramos nada de su celebración hasta el año 1167, cuando Pedro de París, que había conseguido la reliquia de la cabeza del mártir, elevó el rango litúrgico de la fiesta de San Fermín, equiparándola a la de los apóstoles. Parece que la devoción al santo extendida en aquel tiempo, habría llegado de manos de los inmigrantes francos asentados en Pamplona. Su culto se intensificó en el siglo XVII, especialmente cuando el clero secular lo contrapuso a la devoción hacia san Francisco Javier, defendida por los jesuitas. La lucha entre “ferministas” y “javieristas” quedó zanjada cuando el papa Alejandro VII proclamó, el 14 de abril de 1657, a san Fermín y a san Francisco Javier copatronos de la provincia española de Navarra. San Fermín, con el tiempo también fue convertido en patrono de la diócesis de Pamplona. Las fiestas dedicadas a San Fermín han sido celebradas en diferentes fechas a lo largo de la historia: Por ejemplo, el día 13 de enero se recuerda el hallazgo de sus reliquias, el día 25 de septiembre se conmemora su martirio y el día 10 de octubre se festeja su entrada en Amiens y su martirio. En la diócesis de Pamplona se introdujo una nueva celebración en 1591 cuando el obispo del lugar, Bernardo de Rojas y Sandoval, trasladó, a petición del pueblo, la fiesta del 10 de octubre al 7 de julio por ser más cálido el tiempo y para que coincidiera con la feria de ganado, que cada año tenía lugar del 29 de junio al 18 de julio. Y es este día, el 7 de julio, el más conocido por todos a pesar de que no guarda ninguna relación con las fechas significativas de la vida de san Fermín. 

            Por esa época se llevaban a cabo en la ciudad de Pamplona, y durante la semana del 6 al 13 de Julio, unas ferias de mercaderes y ganaderos que trasladaban sus mercancías y animales; aprovechando para realizarse algunas corridas de toros, las cuales coincidían con los festejos y procesiones de carácter religioso y con los institucionales promovidos por el consistorio, que se componía  de torneos de lanzas, danzas callejeras y obras de teatro. Los famosos encierros que todos conocemos se venían celebrando ya desde entonces y se realizaba como modo de entrada a Pamplona de los toros de lidia que se llevaban para participar en las corridas que se celebrarían durante los siguientes días. Los mozos de la población salían a la espera de la llegada de los ganaderos, quienes llevaban a los animales sueltos y los iban guiando corriendo junto a ellos ayudados de varas y sus propios gritos y así conducirlos hasta los corrales, donde permanecerían encerrados hasta el momento de la lidia. De ahí procede el nombre de encierros, desde 1591 se establecieron algunos detalles del festejo, como el pregón, el torneo de lanzas, teatros y comedias, y desfiles procesionales. El chupinazo, el canto "Pobre de mi" y otras costumbres se añadieron en el siglo XX.


            Curiosamente, las corridas de toros y ciertas festividades relacionadas, provienen de aquellos circos romanos, donde se enfrentaban gladiadores ante animales salvajes, como leones, toros y otras bestias. Y las fechas casualmente elegidas por el pueblo coincidían con las “ludis”, o fiestas orgíasticas ancestrales romanas, dedicadas a los dioses paganos, en los que la masacre de animales tmabién era común. Las mismas fiestas contra la que Fermín luchó y los excesos contra los que él predicó, son los que ahora forman parte intrínseca de su fiesta, y los mismos adornos con los que vestían a los emperadores paganos a los que adoraban, son los que viste el adorado santo. 



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