Obra protegida por derechos de autor

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ISBN OC : 978-84-9981-705-7
Depósito legal: M-20243-2011

Roger Bacon: Un monje inventor y visionario



Que en el año 1200, un monje franciscano se pusiera a diseñar, sobre el papel, un avión que transportase hombres y carga, no pasa por la imaginación de muchos. Que ese mismo hombre religioso hablase de barcos impulsados por máquinas mecánicas, de artilugios reducidos capaces de levantar cargas de gran peso, y si dijéramos que ese mismo hombre realizó estudios sobre la luz y su descomposición en colores, anticipándose en siglos a Newton, y que escribiese acerca de la realización de lentes cóncavas como sistema de mejorar la visión de las personas, adelantándose en trescientos años a Galileo, y que realizara un plano detallado de una galaxia, 550 años antes que William Parsons con sus observaciones lo descubriera.  Y no hablamos de Leonardo Da Vinci, que vino casi 250 años después. No, hablamos de un monje hoy casi desconocido pero con una mente abierta y que luchó hasta sus últimos días por unificar ciencia y religión y quiso compatibilizar evangelio con tecnología futura.

Aunque se considera a Tomás de Aquino como el mejor y mayor maestro que ha dado el cristianismo medieval, esa afirmación no es de ninguna manera justa, pues mejores o por lo menos a su altura hubo muchos tanto después como antes que él. La diferencia es que Aquino, no se salió de la regla católica, por miedo o por respeto, no introdujo nada nuevo, salvo dar una nueva y sutil explicación a lo aceptado como doctrina. Pedro Abelardo, Joaquin de Fiore, el propio Pedro Lombardo y muchos otros se dieron cuenta y fueron valientes al poner en tela de juicio doctrinas que claramente chocaban con la razón de las escrituras y por ello muchos de sus escritos magnificos, se han perdido para siempre, mientras que aquellos que tenían el consentimiento y el favor de la iglesia, como fue el caso de Tomás, tuvieron difusión a gran escala.

Un ejemplo de esto lo tenemos en este contemporáneo suyo, el inglés Roger Bacon, (1214-1292), quién estudió también en una importante universidad parisina, inicialmente aristotélico como Tomás, gran estudioso de las escrituras, este sin embargo criticó que los escolásticos y los estudiosos de las escrituras no aprendiesen griego, que era el idioma original del que provenían las escrituras, lo cual él hizo. Denunció los errores de traducción y tergiversaciones que se estaban realizando tanto en los tratados de Aristóteles, como de la propia Biblia.

Poco más sabemos sobre su vida y como acabó enclaustrado en una orden franciscana. Pero, posiblemente era el mejor camino para la investigación y el estudio, convertirse en monje. Estos disponían de buenas bibliotecas y mucho tiempo de estudio, tuvo la suerte además de proceder de una familia acomodada y eso jugó a su favor, pues le permitió no tener que preocupase por buscarse la vida, como la mayoría de la gente de su época. Pero no le evitó enfrentarse a otras dificultades que a la postre significaron su silencio final.

En sus escritos, Bacon exigía una reforma de los estudios teológicos. Proponía poner menos énfasis sobre cuestiones filosóficas menores y en su lugar, la Biblia volviera al centro de atención. Además urgió a todos los teólogos para estudiar intensamente todas las ciencias y añadirlas al curriculum universitario y a los hombres de ciencia a no limitarse a los antiguos sabios griegos.

Por otro lado, fue un hombre de justa visión, observaba la opulencia de su iglesia, por ello llegó a simpatizar con la linea de los franciscanos espirituales o fraticelli. Eso le trajo consecuencias negativas, pues fue denunciado por los propios conventuales, quienes le prohibieron hacer públicos sus escritos. También por leer y difundir importantes conocimientos de la aritmética y alquimia árabes, fue apartado de la vida pública y de la enseñanza durante casi diez años. Posteriormente por denunciar en sus escritos la ignorancia y la inmoralidad del clero fue acusado de brujería. Solo la amistad y protección de cierto cardenal, que más tarde se convirtió en el papa Clemente IV, le salvó de aquella penitencia. Clemente IV comprendió que Bacon no quería promover herejía ni brujería, pues ante todo se consideraba un científico racional y un teólogo que apreciaba a su iglesia, y que tan solo se daba cuenta de los errores que debía corregir para seguir considerando a esta como la verdadera iglesia cristiana. Su proyecto era escribir una enciclopedia del conocimiento teológico y científico, pues pensaba que ambas eran totalmente indispensables para entender la sabiduría de Dios.
Roger Bacon llegó a ser un maestro de una inteligencia y lucidez fuera de lugar en su tiempo, no solo por ser teólogo, sino científico, y muy adelantado a su época.


                                                     Diseño de ópticas para la visión astronómica 


Diseñó como ya mencionamos al principio, sobre el papel esquemas de aeronaves voladoras que transportaban pasajeros, barcos propulsados por maquinas mecánicas, y sistemas minúsculos capaces de elevar enormes cargas, dando a todos esos vislumbres tecnológicos la seguridad de que aplicando las leyes divinas de la física se conseguirían en un futuro maquinas como estas. Así, este visionario estaba convencido de que la ciencia era otra forma de llegar a Dios y que al final del milenio en el que el creía a la manera de Joaquín de Fiore pensaba que la ciencia iba a servir para robustecer la fe y ese conocimiento iba a ser utilizado para vencer con la razón al anticristo que según él ya estaba en la tierra. Para Bacon, la ciencia dada por Dios iba a ser el motor de un despertar cristiano, consiguiendo con esta cumplir las promesas de larga vida, donde la longevidad y la salud iban a ser conseguidos. De alguna manera, pensando en textos como Isaías 11:9 donde se dice: No harán ningún daño, ni causarán ninguna ruina, porque la tierra estará llena del conocimiento de Jah, como las aguas cubren el mismisimo mar.

Para Bacon, ese momento estaba cerca y él deseoso de aportar esa ciencia o conocimiento que según entendía solo podía provenir del creador e inventor de las leyes físicas. Cuando la biblia decía que los ojos de los ciegos verían, que los cojos andarían, él estaba seguro que era a través de esa ciencia como se conseguiría. Su mensaje no podía calar en la sociedad medieval, por estár esta sociedad impregnada de superstición de un miedo atróz a salirse de los canones de la iglesia. Por eso, algunos de sus teorías científicas, metafísicas sobre astronomía o alquimia permanecieron escondidas durante siglos.

                    El manuscrito Voynich, atribuido a Roger Bacon es un esquema detallado del plano de una galaxia

Su principal obra Opus Majus, Minus y Tertium, encierra el discurso sobre la importancia del conocimiento experimental, es donde ya hace sus pinitos en la ciencia teórica. Aunque su gran proyecto fue una Enciclopedia que englobara todo el conocimiento universal, y que iba a servir para iluminar a toda la humanidad que aún no era cristiana y que debía ser atraída de alguna u otra forma.
En ese intervalo de tiempo escribe varias obras, una de ellas: "Communia" o principios generales sobre filosofía natural y otro tratado sobre matemática. También, para ese tiempo concluyó su Compendio de Teología, sus dos gramáticas, una del hebreo bíblico y otra del griego. Pero también escribe sobre alquimia, sobre la curación de la vejez. y un libro que se le atribuye a él, "Descubrimiento de los milagros de arte, Naturaleza y Magia", pero cuya aparción pública no se hace hasta el siglo XVI y XVII. 

Estatua de Roger Bacon en el museo de la universidad de Oxford.

Pero con la muerte de su protector secreto, a Bacon se le acabaron las oportunidades de acabar su enciclopedia y fue de nuevo oscurecido y silenciado. Con 66 años hubo de comparecer en una asamblea especial de los franciscanos, bajo el superior Jeronimo de Ascoli, quien se convertiría mas tarde en el papa Nicolás IV, este decretó prisión perpetua para Bacon, bajo la falsa acusación de brujería y relación con los fraticelli, recientemente considerados herejes.

Durante su encierro, se le prohibe recibir cualquier tipo de lectura y con la orden expresa de no dejarle escribir

 Al morir Nicolás IV, recobró la libertad, solo para morir poco tiempo después, agotado por los sufrimientos, que su pasión por unificar ciencia, razón y religión, le brindaron. Se fue, sin ninguna clase de distinción por su obra, sin seguidores, o discípulos y fue rápidamente olvidado durante mucho tiempo. A diferencia de Tomás de Aquino, sus escritos prácticamente desaparecieron y solo han sido recobradas algunas pocas obras y fragmentos de ellos.

Situaciones como estas se han dado en multitud de ocasiones, sobre todo en esa época en la que ser considerado un sabio maestro o gran téologo, no dependía tanto del conocimiento ni de su espiritualidad o grandes cualidades, sino del sometimiento.
A eso se le llama el castigo del silencio a los que quisieron iluminar sin temor a enfrentarse al poder clerical y premio al sometimiento de los que callaron y justificaron a ese mismo clero, como fue el caso de Tomás de Aquino.

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